La preparación para la boda suele llenarse de detalles logísticos: el vestido, el banquete, las flores. Pero la preparación más importante ocurre en el interior, en el corazón. Llegar al altar es llegar a un encuentro con Cristo.
Es vital dedicar tiempo al retiro espiritual, a la confesión y a la oración conjunta antes del gran día. Que el brillo de la celebración externa sea un reflejo de la luz interior de dos almas en gracia.
Y al escoger sus argollas de matrimonio, háganlo con la consciencia de que están eligiendo las cadenas dulces que los unirán en libertad y amor por el resto de sus vidas.