El matrimonio católico no es simplemente la unión de dos personas que se aman. Es una alianza sagrada donde Jesús es el invitado principal y el pilar fundamental. Como dice la sabiduría popular inspirada en la fe: "No son dos los que se casan, sino tres: él, ella y Jesús".
Esta realidad transforma la convivencia diaria. En los momentos de dificultad, no están solos; Cristo, que bendijo su unión, está allí para renovar el vino del amor como lo hizo en las bodas de Caná. Comprender que Dios es parte activa de la relación permite a los esposos amarse con un amor que trasciende lo humano, un amor paciente, servicial y capaz de perdonar.
Al intercambiar sus argollas de matrimonio, recuerden que ese círculo sin principio ni fin simboliza no solo su fidelidad mutua, sino la eternidad del amor de Dios que los envuelve.